Portada 3

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lunes, 20 de enero de 2014

Malasaña, primeros años 90


Han pasado más de 20 años y lo cierto es que las vivencias que he tenido en este barrio de Madrid y sus bares de copas quedan lejos, parece que han sido más años de los que en realidad han pasado. La vida nocturna de esas calles han formado el paisaje de unos años de la vida de mis amigos y mía que, sí, a veces se echa de menos y otras no. Cada época de la vida tiene sus ventajas e inconvenientes. El cuerpo te pide otro tipo de vida cuando vas entrando en la edad madura, es así.

                                                       


La noche
malasañera para mi pandilla comenzaba, a finales de los 80 y principios de los 90, en una taberna del barrio de Chamberí llamada La Violeta, en la calle Vallehermoso, actualmente cerrada. Cañas de cerveza bien tirada, no tenía más, además de estar hasta los topes en fin de semana, por lo que preferíamos el frío de la calle para estar más a nuestras anchas. Allí solíamos coincidir con un vagabundo alemán que decía llamarse Jürgen, hincha declarado del Borussia Moenchenglädbach, al que invitábamos a cerveza y tabaco. De él sabíamos que vivía en un coche abandonado entre Cea Bermúdez y Quevedo, seguramente en la calle Bravo Murillo. Jürgen era, espero que siga siéndolo, un alma libre. Nunca supimos cómo llegó hasta Madrid y qué le había traído hasta aquí. Un día dejó de pasarse por nuestro punto de encuentro. Cuando paso por esa zona de la ciudad me lo imagino ahora multimillonario en Múnich o Berlín. ¿Quién sabe?

Una vez calentados los motores, nos trasladábamos a
Malasaña. La primera parada solía ser en el Nico's, el la calle de San Vicente Ferrer, desaparecido hace ya muchos años. No recuerdo bien el tipo de música que ponían, sí de la distribución del local: entrabas y a la izquierda quedaba la barra, más adentro por un estrecho pasillo llegabas a un pequeño salón con unas pocas mesas y sillas. Las paredes estaban decoradas con fotos de clientes selectos y camareras del bar. Uno de estos clientes era el Elvis sin piños, un cantante callejero con la dentadura mellada que con su guitarra acústica se marcaba un hit de los años 50 por la voluntad o una cerveza que trasegaba en compañía que aquel que quisiera escucharle.

                                                            


Después, la noche continuaba en la misma calle, un poco más arriba, en el
Mercurio. La última vez que pasé por San Vicente Ferrer, primavera de 2013, todavía estaba en pie. El Mercurio está en un local grande, diáfano, al entrar te encontrabas con un banco corrido a la derecha en forma de ele invertida que a su final, en la pared, había una foto de Marilyn Monroe. Camino de los servicios, que estaban al fondo del local, había un recodo rectangular donde se podía estar un poco más cómodo ya que el Mercurio se llenaba hasta la bandera todos los fines de semana. La música era mayoritariamente sesenta y setentera: Steve Miller Band, Creedence, The Doors, Rolling Stones, The Who, ocasionalmente había concesiones punks: Buzzcocks, Ramones, The Clash, pero la ortodoxia mercuriana estaba en los anteriores. El personal del bar era variopinto: uno de los camareros era conocido con el sobrenombre de Matanzos, por tener idéntico timbre de voz que un concejal del Ayuntamiento de Madrid de esa época que se apellidaba así. El que parecía dueño o socio del bar atendía al mote de Fray Pan, en verdad el nickname le hacía justicia ya que tenía aspecto de fraile. Lo de pan viene porque en esos años, en el pueblo de la sierra oeste de Madrid donde veraneábamos mis amigos y yo, se llamaba así al combinado de whiskey DYC con Coca Cola, el más accesible para un veinteañero. Fray Pan se caracterizaba por su socarronería a la hora de echar a los perezosos, y chuzos me temo, clientes para cerrar el local a los que siempre preguntaba: ¿nos vamos a Parla? -¿A qué? respondía el incauto cliente. La contestación es la que está imaginando amable lector, pero no se crea, siempre caía alguien.

Con el cierre del Mercurio nos situamos en las 3:00 de la madrugada, hora de
reponer fuerzas. Había dos posibilidades: una, el horno de pan y bollos que estaba en la calle de la Palma si no me falla la memoria. El panadero que estaba preparando el género para la mañana siguiente, si llamabas a la puerta del obrador abría y te vendía los bollos recién salidos del horno ¡qué napolitanas de crema, oiga! La otra posibilidad era las Nuevas Croissanteries, sitas en el esquinazo de la Corredera Alta de San Pablo con Don Felipe, aquí la especialidad eran los croissants rellenos: vegetales, con fiambre, empanadas... Eran buenos y baratos. A esas horas de la madrugada ¿qué más se puede pedir?

Una vez satisfecho el apetito, solíamos pasarnos por
El Muermo. Ese no era el nombre real del bar, no recuerdo el auténtico. Lo llamábamos así porque apenas entraba gente en él. Estaba regentado por las compañeras de estudios de un camarada de la pandilla, guapas, con gusto musical y simpáticas, pero me temo que con una competencia brutal, la concentración de bares de copas en este barrio de Madrid es muy alta y alguno de ellos estaban abiertos desde finales de los 70 por lo que era complicado atraer a la clientela, más cuando estabas un poco alejado del cogollo de las calles San Vicente Ferrer, la Palma y Plaza de 2 de Mayo, como era el caso, creo que estaba dentro de la Plaza de San Ildefonso o ya en la calle del Barco.

Ya estamos más o menos sobre las 4:00 de la mañana. La opción de marcharse a casa era una posibilidad más que real y posiblemente sensata, pero cuando se tienen 20 años ya se sabe... La siguiente parada y última de la noche era la
Sala El Sol en la calle Jardines, en los alrededores de la Puerta del Sol. Desde el barrio de Malasaña queda a tiro de un buen paseo a pie o si era posible, mejor acoplarse en los coches o motos disponibles, si los había. Desde luego lo ideal eran las motos ya que en coche y por esas calles estrechas del centro de Madrid a esas horas cabía la probabilidad de quedar atrapado por el camión de la basura, lo que podía suponer unos 20 ó 30 minutos de espera.

Al llegar a la mítica sala de conciertos lo normal era encontrarse una
larga cola de noctámbulos que iban a cerrar la noche con las últimas copas y buena música. Una vez sacada la entrada, tocaba bajar la imponente escalinata para llegar a lo que es la sala. Me encantaba ese toque antiguo que le daba al local la señora que vendía tabaco o los camareros con pantalón y chaleco negro, camisa blanca y pajarita que atendían con paciencia a los nosferatus de la noche. Ya muy tarde, 6:00 de la mañana más o menos, cuando sonaba este himno sabíamos que era el final, la hora de cierre. Subíamos las escaleras de caracol para ya en la calle encontrarnos, enfrente de la puerta, al vendedor de bocadillos con su Vespino, caja de frutas en el trasportín y sus clásicos ripios: Hay bocatas, para ejecutivos agresivos, para socios del Atleti y del Rayo... El que prueba repite si el bolsillo se lo permite... No sé por qué obviaba a los socios del Madrid, aun así me caía muy bien este tipo y su castizo marketing.

Así eran las noches de fiesta con los amigos desde el año 1989 hasta 1994 aproximadamente, con alguna variante que podía ser el
Marx Madera y sus antipáticos camareros o el mítico Agapo. Eran tiempos de vivir sin descanso, como si no hubiera un mañana. Algunos de estos garitos siguen, otros ya no están, pero siempre quedan en el recuerdo de aquellos que los vivimos.

12 comentarios:

  1. Algunos detalles para completistas de aquellos maravillosos años:
    -La pasteleria que abría a horas intempestivas (cómo olvidar una napolitanas recien hechas a las 4 AM) estaba, efectivamente, en La Palma, y se llamaba Pastelería Piscis, a saber qué habrá sido de ella...
    -El Muermo se llamaba en realidad la Taberna de San Ildefonso, por estar carca de la plaza del mismo nombre, y no lo regentaban mis amigas (les va a encantar cómo las has definido. Siguen igual, no creas), sino el hermano de una de llas, el circunspecto Julius.
    Recuerdo otros dos camareros del Mercurio, uno de gafotas que le llámabamos "Ramón-o-Roberto" y otro alto, serio, con flequillo lacio, que le decíamos "john cale"
    Y cómo olvidarnos del legendario (y madridista) portero del El Sol, Fernando, siempre impecablemente trajeado (muchas veces con esmoquin), que creo que sigue en activo.
    Y más garitos: el Mago, el madera, el muro, los garitos de La Palma: el nueva vision, la vía lactea, la vaca austera...

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    1. Gracias por las concreciones brigadier. He de reconocer que a Julius lo tengo totalmente borrado de la memoria, tan selectiva.
      El Muro cuando fuimos fue más Muro que nunca, estaba tapiado, ante nuestras caras de haba.
      Otro garito que faltaba por nombrar: el Malandro.
      ¡Qué tiempos aquellos! Gracias por participar.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Partimos de La Violeta para acompañaros en el recorrido o mejor dicho de un banco en la calle Vallehermoso. Ahí, sin duda empezamos a curtirnos para nuestros venideros días de parques. Patrulla X, I was Because, personajes surrealistas en un mudo real donde a su vez nosotros mismos seriamos surrealistas para ellos, siempre en el mismo banco riendo y tomando alguna cerveza.
    En el Nicos nos ponía las copas un tipo de esos que siempre te parecerán chavales aunque tengan tu misma edad. Ponían música de nuestros hermanos mayores a excepciones de los domingos en los que admitía sugerencias. Pasé muchos domingos con casi todos vosotros y en especial con el gran Antonio Palomo, siempre disponible para una tertulia ¡ hay quien decía que no hablaba!. Eran tiempos del JAM IV Buzzcocks, Fuzztones, Jesús and Mary Chain, The Stone Roses, Dinosaur Jr, Pavement, Pixies y un largo etc... música que no habría existido en nuestra vida de no ser por algún que otro Brigadier.
    El Chaval del Nicos (no parecía un camarero) empezó a flipar con esa música y acabo promoviendo conciertos en la sala Maravillas y algo relacionado con el FIB.
    El Mercurio, siempre subía la temperatura, ese eterno hilo musical con el sonido tan gratificante de la aguja de un tocadiscos. Eso si grandes temas, algunos interminables de clásicos como Allman Brothers, Lynyrd Skynyrd, y escaleras que nos llevaban hasta cielos de no más de tres metros llenos de humo. El peculiar D. Ramón, la alegría de la huerta, arrieritos somos y en el camino nos encontraremos y el comentado Fray Pan que cuando le veías empujando el carrito de su hijo pequeño te hacia `pensar en Sor María.
    La Puerta del Mercurio era tan mítica como el banco de La Violeta, divertidas despedidas interminables, podíamos pasar horas decidiendo irnos y en ocasiones acabábamos yendo a por un cruasán como bien comenta D. Fernando.
    Los Inquilinos Euti, lamentablemente siempre dormían en la zapatería del citado nombre.
    En otras ocasiones alargábamos la noche en El Mago, Joe Cocker pidiendo como un loco una ayuda a sus amigos en sus tiempos más mozos en un viejo telefunken o similar, donde otro jovencito Bob Dylan reivindicativo y nasal clamaba por las injusticias de un capitalismo injusto, y mientras tanto los Rolling Stones estaban en la mejor época de Jagger y sus amigos.
    Tiempos de VHS....
    Como fotogramas inolvidables los de la farmacia de la calle San Vicente Ferrer donde la marca Juanse anunciaba con una fachada de baldosines su inconfundible Diarretil Juanse y Fumables Juanse.
    Y entre los ciento de personajes de bien que poblaban la zona estaban el inconfundible Dedos de Po..., el personaje de los comics ¿queréis algo de comics? y dos personajes diferentes que ofrecían poemas de amor a cambio de la voluntad en los que hoy me arrepiento no haber invertido más que un par de ocasiones y que ni tan siquiera conservo.
    Mola que mires en esa hemeroteca de los recuerdos y molaría que a raíz de esto, se pudieran recuperar ciertos recuerdos de un modo tangible.
    De momento lo que siguen siendo muy tangibles son las neuronas, que cada día más vivas, conforman nuestra memorias.

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    1. ¡Grandes personajes añadidos Javier! Cuando escucho "Free like a bird" no sé por qué me acuerdo de una tormenta veraniega y una tienda de campaña ruinosa.
      Tiempos un tanto surrealistas, felices y despreocupados, como corresponde a la edad que teníamos.
      Gracias por leer el post y comentarlo.

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  4. ... soy el Americano, lo quien tomaba copas en la violeta en 88. Sabes lo que paso a Javier, Elena, Eduardo, Carmen y Alex? Aqui hasta los bajos y Osiris, pasabamos. Me recuerdes...

    Hope all is well!

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    1. Hola Joe,

      En primer lugar, muchas gracias por leer el post y dejar tu comentario.

      De la gente que me preguntas no sé nada, en los años 90 iba los viernes y sábados a La Violeta. Lo habitual era entrar a por cañas y sacarlas a la calle, por lo que no socializábamos mucho con la gente del bar. De todas formas, preguntaré a mis amigos, algunos de ellos eran mucho más habituales que yo.

      La foto que ves en este post la saqué hace año y medio, pasaba por allí por pura casualidad y vi que estaba el cierre echado con el cartel de 'Se Vende'. Me dio pena, la verdad.

      Como tú dices, espero que también estén bien. Lo he pasado muy bien allí. Si sé algo nuevo, te lo pongo aquí.

      Un saludo, Joe.

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  5. Tremendo viaje por la calle del recuerdo... Nuestro cuartel general era el Malandro. No fueron pocas las veces que lo abríamos Y lo cerrábamos. Entre medias, mucho cubata, mucho chupito de mezcal, mucho ir y venir al cuarto de baño, mucho ir y venir a la cabina del pincha para dar por culo con nuestras peticiones y/o para comprar singles y fanzines, mucho cruzar la calle para comer un par de croissants mixtos calientes deprisa y corriendo, y así volver al garito cuanto antes... Desde allí, rápidas incursiones a la Vía Láctea, al Nueva Visión, al Mercurio o al Tupperware en los que caían un par de cubatas y unos cuantos chupitos más en apenas media hora. O incluso viajes más largos y con menos prisa a los garitos de Chueca (Guetto, Klash, Gris...), en los que ver caras distintas y seguir con el ritual tóxico-melomaníaco de costumbre. A veces, parné mediante, nos dejábamos caer por algún concierto en Revolver, Siroco, El Sol o Maravillas, y siempre, siempre procurábamos acabar la noche en el Agapo. Lo que aquellos grafitti causaban en nuestros, ya esas alturas de la noche, tremendamente enviciados cerebros era el colofón perfecto a unas veladas intensas e interminables que no volverán jamas. C'est la vie.

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    1. Raú, muchas gracias por leer el post y dejar tu comentario. Amplías ciertos garitos de los que no habé en la entrada, aunque he de reconocer que mis noches de aquella época eran un poco más tranquilas que las tuyas :-)... Y sí, pobres DJ's es duro su oficio.
      Un saludo.

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  6. Nah, nuestra locura no era sana pero sí inofensiva. Salvo que fuésemos demasiado pasados de vueltas intentábamos, por ejemplo, evitar el No Fun a partir de las 3-4 de la mañana. No recuerdo ir a ese garito y no ver una bronca o amago de. Lo nuestro era ir de tripi y sentir como el "Paper Cuts" de Nirvana te rasgaba el alma, o ir fumados hasta arriba y perder la noción del tiempo con un tema de Penélope Trip, o etilizados a rabiar disfrutando de unos Dead Boys, unos Mudhoney o unos Supersuckers. A nuestra bola completamente :-)
    Otro saludo de vuelta, Fernando.

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    1. 'Paper Cuts', sí señor, tan buena como rocosa. Gracias, Raúl, por tus comentarios. Un saludo.

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