Portada 3

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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad

                                                                                    


Leonor vive sola acompañada por su perrita Mirna en un modesto piso ubicado en un modesto barrio. Enseñada por el propio carácter de su ama, el animal sabe a quién saludar y a quién no. La vida que llevan es rutinaria, paseos por el barrio, charlas con los perreros del parque cuando no con los vecinos de la zona o con cualquiera que su intuición le dice que comparte con ella impresiones acerca de la vida, en especial con la gente joven. A todos ellos cuenta que ya no le queda mucho tiempo, no por ningún achaque en especial, sino por pura lógica.

La mujer, ya octogenaria, tuvo una vida difícil desde que nació. Fue abandonada por su madre en una inclusa. Hasta los 18 años estuvo a cargo de las religiosas que regentaban el hospicio. Su llegada a la vida adulta definió la que iba a ser su profesión. Leonor amaba el baile e hizo de él su forma de vida. Se enroló en una compañía que viajaba por todo el mundo, iban allí donde les contrataban, ya fuera Líbano, Australia, Francia o México.

La compañía no era de ballet clásico siendo sinceros, pero el hecho de tenerse que buscar la vida desde casi su nacimiento, hizo que Leonor tuviera el sentido de autoprotección muy desarrollado. Así, a quien quisiera escucharla contaba que después de actuar, cuando alguien deseaba invitarla, ella misma se encargaba de pedir las bebidas:
para el señor, champán; para mí, limonada.

Las continuas idas y venidas a España le permitieron tener una visión mucho más amplia de la vida que las mujeres de su edad que no habían salido del país. Volver a casa era como regresar al lugar donde las cosas no evolucionaban, más bien al contrario. Esto explica el hecho de que no se hubiera casado o hubiera formado una familia. Ella no quería una vida de pata quebrada y en la cocina. Había conocido parte del mundo y quería conocer el resto. Tuvo un amor del que nunca nadie supo el nombre, lo único que contaba de él fue que ella le dejó muy claro que no iba a casarse. Se quisieron mucho, se amaron todo lo que pudieron. Pero ahí queda la historia para los demás. Siempre habla de él en pasado, dando a entender que ya falleció.

El día de Nochebuena, Leonor recibió una carta. No llevaba remitente. Al abrirla vio con sorpresa que el sobre incluía una foto de su amado con una pequeña nota que decía:
Te esperaré siempre, no tengas prisa.

De la sorpresa, Leonor pasó al estupor, su propia experiencia vital la había hecho refractaria a los milagros y a los hechos inexplicables. ¿Quién podría haberlo hecho? Los vecinos que vienen a verla ocasionalmente, el mismo chico de los recados del supermercado que cada quince días le acerca la exigua compra para ella y la perrita, el chico de la frutería o quizá el cartero.

Concluyó que alguien la apreciaba. Alguien quería que ese día se sintiera un poco acompañada o simplemente pretendía arrancarle una sonrisa. Como así había sido, decidió no romperse la cabeza. Quien hubiera sido la conoce, seguramente la había visto ese mismo día o la vería al día siguiente. Y cuando eso ocurriera, la vería contenta. Eso ya era suficiente para ella y seguramente para el remitente.


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