Portada 3

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jueves, 22 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad


Había perdido el contacto con él hace tiempo, desde que cerró el negocio donde coincidieron. A partir de ahí, lejanas referencias, saludos enviados a través de terceros, así fueron pasando los años. Uno de estos mensajeros fue quien le llevó la noticia: tu antiguo compañero está desahuciado, cogieron tarde la enfermedad. En apenas unos días, la muerte propició lo que la vida no es capaz de hacer, reunir a viejos compañeros y amigos, la visita de la parca es la excepción que anula los compromisos adquiridos por los vivos.

En el tanatorio, contemplaba el cadáver de su antiguo compañero, con la mirada perdida comenzó a recordar: los madrugones, las jornadas de 10, 12, 14 o las horas que se terciaran, cómo su compañero era de los primeros en llegar y de los últimos en salir, le veía paseando por la entrada, fumando continuamente, arriba y abajo por el pasillo de entrada con el teléfono inalámbrico en la mano hablando con este o con aquel... y delante de sus narices tenía el resultado de tanto esfuerzo.

Todo esto no vino sino a confirmarle que el tiempo es la única riqueza que poseemos. Lo ocurrido fue el detonante, a partir de ese día decidió prescindir de todo aquello que no fuera realmente necesario para poder sentirse libre: el coche, el abono de un equipo de fútbol que realmente ya no existe, la ropa que no iba a vestir, el alquiler del piso que no iba a necesitar y consecuentemente abandonó el trabajo que precisaba para mantener todas esas cosas que ya no le hacían falta.

                                                        

                               ©larodada.net

Arregló una antigua bicicleta, montó un par de alforjas en la rueda posterior, las llenó con lo imprescindible y tomó la dirección que le marcaba el Este. Atravesó los Pirineos, cruzó Francia, el norte de Italia, Suiza, entró en Alemania y pedalada a pedalada salió por Polonia. Allí donde lo necesitara, trabajaba un tiempo para ahorrar lo suficiente para poder seguir con el viaje: lavar platos, barrer calles, servir detrás de una barra... Pasó los Urales, la estepa rusa, toda Siberia hasta el Estrecho de Bering. Llegó a América, confirmó lo que ya le habían contado, los paisajes canadienses eran mucho más bonitos que los de Alaska. Prosiguió su andadura hasta Ushuaia, justo cuando se cumplieron cuatro años desde su partida. Cruzó el Atlántico hasta Sudáfrica y de allí tomó rumbo al Norte, de nuevo.

No dejó de cruzar la Tierra según el viento le iba marcando el camino. A lo largo de su viaje vio amaneceres increíbles, noches de luna nueva con el cielo estrellado, paisajes que ni el mejor fotógrafo hubiera sabido plasmar, conoció la amabilidad y la hospitalidad. También pasó miedo a lo largo de su aventura, pero, al fin y al cabo, no era menor del que sentía en su antigua vida. Tuvo hambre, como en aquellas jornadas de trabajo en las que no paraba de trabajar ni para comer, estuvo muy solo, como lo estaba en su despacho, pero apretó los dientes y siguió adelante. Al fin y la cabo era la vida que había elegido. Es verdad que dejó mucho atrás, en la ciudad donde vivía y a lo largo de su viaje. Después de todo, ¿dónde está la perfección? Al mirar atrás, se sintió en paz, había aprovechado su tiempo como quiso. Terminó sus días reventado de vivir.











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