Portada 3

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domingo, 13 de noviembre de 2016

En la muerte de Leonard Cohen


Tan solo han pasado un par de días y la conmoción sigue presente. Confieso, no era mi músico de cabecera, desgraciadamente Leonard Cohen tiene una presencia más bien discreta en mi colección de discos y de libros, pero ha sido el segundo cantante en lograr en mí algo muy complicado. Retrocedemos a 1988, año del lanzamiento de I'm Your Man, disco con arreglos tremendamente ochenteros pero de una contundencia en su música y en las letras fuera de lo común. Aquel vídeo clip donde Cohen apenas gesticulaba en una inmensa playa anónima, era emitido constantemente en la televisión pública española, era difícil por tanto no llegar a conocer esta canción. First We Take Manhattan fue la puerta de acceso a este disco tan breve como fundamental para conocer la locura del amor, su irracionalidad: Ain't No Cure For Love, Everybody Knows, I'm Your Man, Take This Waltz, I Can't Forget, Tower of sound (ese piano de casiotone, tan simple, tan bonito, tan íntimo). I'm Your Man, entonces, supuso el pasaporte personal hacia el universo de Leonard Cohen.

Desde aquel año, algún disco recopilatorio, reportajes de publicaciones especializadas, su retiro a un monasterio budista, su desaparición voluntaria del mapa... Salvo esporádicas visitas a su cancionero, Cohen permaneció latente por un largo tiempo... hasta que hizo su entrada en escena la malvada
Kelley Lynch, a quien tantos, indirectamente, tenemos algo que agradecer. La bancarrota causada por la antigua representante del cantate canadiense provocó la vuelta de Leonard Cohen a la actividad musical. Esta fue una gran noticia sobre todo para quienes no tuvimos la oportunidad de presenciar en directo a Cohen.

                                                         



Así llegamos a septiembre de 2009, al recital que ofreció Cohen en el recinto anteriormente conocido como el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Fueron cerca de tres horas de una intensidad difícil de igualar. La presencia de Leonard Cohen sobre el escenario con su grave e inigualable voz, su educación, la humildad con la que aceptaba las ovaciones, la amabilidad y caballerosidad con la que se dirigía a sus músicos (y qué músicos) fue lo que nos preparó para el aluvión que estaba a punto de caernos a los allí presentes. Aquel venerable anciano, a base de sentimiento, fue desgranando las grandes canciones que han transformado la vida de tantos. Como decía al principio, ha sido de los pocos cantantes en lograr algo muy difícil, que es lo siguiente: con su interpretación de
Halelluja, First We Take Manhattan, Ain't No Cure For Lovey sobre todo con The Partisan  Leonard Cohen logró que las almas de los allí presentes abandonaran sus cuerpos para llegar a un lugar donde sólo está la belleza. Finalmente, mientras sonaban los últimos compases de Closing Time, Cohen vino a decir que estas canciones que eran suyas pasaban a ser nuestras también, levantó el sombrero, sentenció Drive safely, my friends! y abandonó el escenario pegando brincos dejando a todos los espectadores con la sensación de haber visto algo sencillamente irrepetible.

De esta forma llegamos al triste despertar del pasado viernes, cuando la noticia de su muerte llegó a Europa. Cuando falleció Bowie hace ya casi un año, ay, alguien dijo que en lugar de estar tristes deberíamos celebrar haber coincidido en el tiempo con alguien como él; con Leonard Cohen debería ser igual. Esta reflexión no reconforta del todo, pero algo ayuda. So long, Leonard Cohen!











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