Portada 3

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miércoles, 25 de febrero de 2015

Aquellas eliminatorias contra el Milan


Sí, hablo de los míticos emparejamientos en la Copa de Europa con el equipo italiano allá por el año 1989. Aunque fueron en dos temporadas consecutivas, la primera eliminatoria fue en la ronda de semifinales de la 1988-89, es decir, en el mes de abril; la segunda fue en octavos de final, por tanto en el mes de octubre, recién comenzada la temporada 1989-90. Se puede decir que en el mismo año natural, el Milan eliminó dos veces al Real Madrid de la Quinta del Buitre. De la primera ocasión, sobran los comentarios, no hubo nada que hacer. De la segunda, sí. Se perdió en Italia por 2-0 con un penalty pitado a favor del Milan que fue unos cuantos metros fuera del área. La vuelta fue un insuficiente 1-0 en el Bernabéu. Aunque la Copa de Europa se le negaba a esta genial generación de jugadores que tenía el Madrid, lograron encadenar 5 títulos seguidos de Liga, cosa que ni siquiera el archiganador Barça de Guardiola y Messi ha logrado igualar.

                                                      


Lo explicado anteriormente es sabido por todos.
Cómo se vivían esos partidos en la grada, igual no tanto. En aquel año, yo rondaba la mayoría de edad y estos partidos los vivía como cuando logras tener una cita con la chica deseada, como si estuvieras en primera fila viendo a tu grupo favorito, como si no hubiera un mañana, como se viven las cosas cuando ni siquiera has cumplido 20 años. Una vez conocido el rival del sorteo, tocaba estar atento a la prensa para ver el anuncio que publicaba el Madrid para saber qué día comenzaba la venta de entradas. Cuando ese día llegaba, uno se las tenía que ingeniar para hacer pellas en el colegio con el único y exclusivo motivo de ir al Bernabéu a chuparse una cola que podía durar horas, tres, cuatro, cinco, lo que hiciera falta con tal de conseguir una entrada. El precio no era problema, el fútbol se entendía como algo popular, un partido de estas características no costaba más de 1.500 pesetas, unos 9 euros. Igual que ahora, ¿verdad?

Por ese precio, tenías acceso al Paseo Alto Lateral 2º Anfiteatro, un poco más barato era el 3er Anfiteatro, la grada más alta por aquel entonces, pero la cosa tenía truco. Estas dos zonas del estadio estaban separadas por una valla que ni siquiera llegada a los dos metros de altura, lo que significaba que se podía saltar sin ningún problema y ubicarte en el 2º Anfiteatro habiendo pagado el precio del 3er Anfiteatro. Parece sencillo, pero esto implicaba que en estos partidos tan importantes, el día del encuentro, había que estar en la cola de la puerta del Bernabéu al menos desde las 15:00 de la tarde, lo que suponía, otra vez, hacer
pellas en el colegio.

Después de aguantar
empujones y avalanchas de los propios espectadores o de la propia policía para mantener el orden durante un buen tiempo, lograbas pasar los tornos de acceso del estadio. Entonces tocaba subir pitando las escaleras de las antiguas torres del lateral que da a la calle Padre Damián, había que llegar al 2º Anfiteatro, sí, pero pegando a la valla que separaba la zona de pie con la de asiento. ¿Por qué? Porque, ahí se ubicaba la afición del equipo rival. El objetivo no era otro que cantar, de gritar más que ellos para que su equipo se sintiera muy solo en el césped. Una vez conseguido todo esto podían ser las 4 o las 5 de la tarde, el partido empezaba a las 8, como muy pronto. Durante tres horas, las gradas de pie estaban llenas, mientras que las de asiento, no. Así, según se iba acercando la hora del partido, el ambiente del Bernabéu iba en un inevitable crescendo mientras se completaba el aforo, hasta llegar a ser una auténtica olla a presión cuando faltaban apenas unos minutos para que empezara a rodar el balón.

Durante el partido lo que tocaba era
ver el fútbol, saltar, cantar y gritar más que la hinchada rival que teníamos al lado. La valla que nos separaba llegaba hasta donde estaba el techo del antiguo Bernabéu. Coincidiendo con alguna decisión polémica del árbitro o alguna falta violenta, se producía una lluvia de monedas de un lado a otro de la misma valla, dependiendo de a quién había favorecido el árbitro con su decisión o qué equipo había hecho una entrada criminal. Así pues, cuando escuchabas el repiquetear de las monedas contra los barrotes, más te valía ponerte a cubierto para no llevarte un monedazo en la cabeza. Eso sí, si buscabas en el suelo, entre liras y pesetas te podías llevar un pequeño sobresueldo.

En la segunda eliminatoria contra el Milan, uno de los amigos que nos juntábamos para ir al fútbol logró, yendo a una recóndita fábrica de Villaverde, comprar unas bengalas, no de las marinas que salen lanzadas, sino de las que prendías la mecha y salía un fogonazo naranja que duraba unos minutos. ¿Era peligroso? sin duda, más teniendo en cuenta que quien le vendió a mi amigo las bengalas le advirtió de que estaban caducadas. Pero estamos en 1989, todavía no se había producido la tragedia de Sarriá y sí, a veces palidezco rememorando las inconsciencias de esos años. Aun así, avisamos a alguien de seguridad de lo que íbamos a hacer, su respuesta la tengo grabada en la memoria:
mientras no las tiréis al césped, todo bien. En 1989 no estaba prohibido, es más, se pensaba que daba ambiente todo esto. Así eran las cosas. Era algo gamberro, pero no pasaba de ahí, tanto mis amigos como yo sabíamos dónde estaba el límite. Como el 90% de los espectadores de los estadios en los años 80, no agredíamos a nadie, no intimidábamos a nadie, tan solo queríamos ver fútbol y pasarlo bien. Al acabar estos partidos, nos dábamos la mano con los aficionados italianos e intercambiábamos recuerdos, banderines, bufandas, etc... La batalla había terminado.

Esta
manera de ver el fútbol, con sus cosas buenas y malas, ha desaparecido. Ahora, aunque el aficionado sigue viendo y viviendo el fútbol intensamente, no es lo mismo. Tanto han cambiado las cosas que ahora Carlo Ancelotti, que como jugador en aquellas eliminatorias nos hizo la vida imposible a los madridistas, es nuestro y espero que por muchos años. Perdimos aquellas eliminatorias, sí, pero aunque la decepción fue enorme, me queda lo bien que lo pasaba y la intensidad con la que viví todo aquello. Y por supuesto, quedan los amigos de aquella época, casi 26 años después ahí seguimos, viéndonos poco, pero estando en contacto que es lo que vale.
















lunes, 23 de febrero de 2015

The Great Destroyer, Low


Se cumplen ahora diez años del lanzamiento en España de The Great Destroyer, uno de los mejores discos de la década pasada. Este suponía el decimotercer trabajo del grupo norteamericano en su discografía. He de confesar que las referencias sonoras que tenía hasta 2005 de Low eran, lo reconozco, de un sonido plúmbeo, bastante espeso, de ser un grupo con canciones largas y duras de escuchar. En este caso, la vitalidad y la cercanía pop, de algunos de los temas de este álbum hizo que me acercara a él.

                                                         


Monkey nos pone sobre aviso de lo que nos viene encima, pero California, Just Stand Back, Step y Walk into the Sea son los títulos que hacen que
The Great Destroyer tenga el marchamo de inolvidable. Tienen un sonido imponente, se ajustan a los cánones de una canción pop: 3 minutos y pico de duración, estribillo, coro, solo y vuelta a empezar, pero claro, no son solo una canción pop, son algo más. Invitan a seguir escuchando este disco a aquellos que ni siquiera se les pasaba por la cabeza, son cuatro temas redondos de ritmo, letra y música. Muy, muy buenos.

Low no olvida sus raíces y su trayectoria anterior, Cue the Strings es un perfecto ejemplo. Este corte del disco es realmente bello, bucles que parecen eternos, hipnóticos, las voces a coro de Sparkhawk y Mimi Parker, mmmm... estremecedor. Tampoco falta esa versión de Low que lleva al bostezo. When I go Deaf, por mucho que se disfrace de distorsión guitarrera, seguramente sea el título más prescindible del álbum junto con Silver Rider. Broadway (so many people) pertenece a esta cuerda, pero su estribillo merece la pena. Da la impresión de que si este tema hubiera durado 3 minutos y no 7, habría quedado bastante mejor.

Pissing y Everybody's Song, alcanza la percepción de himno rock, estos temas tienen la épica de Sigur Ros, solo que amplificada y distorsionada, creando a veces la sensación de enfrentarte a un muro de sonido, una pasada dejarte llevar por estos temas, por ese rock salvaje.


Quizá tenga algo de experimental, quizá en una primera escucha alguna de sus canciones lleguen a parecer aburridas, pero lo cierto es que
el álbum termina por atraparte. No sé si son las concesiones pop que hacen, los ritmos hipnóticos, las distorsiones, la voz de Alan Sparhawk... El caso es que The Great Destroyer es un disco fundamental. Ha envejecido muy bien, no parece que hayan pasado diez años desde su publicación. Allá por 2005 Low pasaron por Madrid, tocaron en la Sala Arena, Heineken, ya no sé cómo se llama... Del concierto, tocaron casi todo este disco íntegro, sólo recuerdo una cosa de él, estuvo genial.














viernes, 20 de febrero de 2015

Un salto para la historia


Me refiero, por supuesto, al salto inicial del pasado All Star Game de la NBA protagonizado por los dos hermanos Gasol, Pau y Marc. Aquí
se puede ver, los dos quintetos iniciales se saludan entre sí, como es tradicional. Por último, un abrazo fraternal entre los dos y ambos se preparan para marcar un hito, otro más, en la historia del deporte español.

                                                       


Pensaba enfocar el post en la
buena suerte que tienen los chavales de hoy en día al haber vivido esta generación triunfante del deporte español. Los que fuimos niños en los años 70 y 80 del pasado siglo, nos tuvimos que conformar con mucho diploma olímpico, con mucho sexto, séptimo puesto, con alguna inmensa alegría como la plata de Los Ángeles 1984, pero lo que solía prevalecer eran los 'angolazos', las decepciones, con esa cara de haba que se te quedaba tras la enésima derrota. Al menos conocimos ese baloncesto europeo, lo máximo era el Real Madrid, el Maccabi, la Cibona de Zagreb, el Banco di Roma, el Ignis de Varese o el TSKA de Moscú... con las voces de Héctor Quiroga, Nacho Rodríguez, Maria Antonia Martínez. La NBA era, sencillamente, otro planeta.

Como decía, pensaba enfocarlo desde ese punto de vista, pero no, me gustaría enfocarlo en el
tremendo esfuerzo que han tenido que hacer los hermanos Gasol hasta llegar ahí. Tuvieron que ser los mejores de su colegio, de su ciudad, renunciar a una vida normal como la de los demás, apostar a un todo o nada con el riesgo de quedarte en el camino, como tantos otros. Lo que más me ha gustado, han sido sus declaraciones post partido. Quieren que su gesta sirva de ejemplo para que los niños piensen que no hay nada imposible y les gustaría que los aficionados en España lo sintieran este éxito como algo suyo. Antes de escucharles, así lo viví, esa hazaña es un poquito mía, después, no sólo eso, también me siento muy representado por ellos. Dos de los nuestros entre Carmelo Anthony, Harden y Lebron James. Que lo disfruten, se merecen estar entre los mejores.

















martes, 17 de febrero de 2015

Concierto de Sid Griffin en La Faena, Piedralaves (Ávila)


Causa asombro que La Faena, asociación cultural de este bello pueblo del Valle del Tiétar, haya sido capaz de llevar a su sala a un músico del calibre de Sid Griffin para dar un concierto, afortunadamente puedo decir que he sido testigo. Más adelante explicaremos cómo y por qué. El hecho es que el miembro de los Long Ryders, con Marco R. Wagner de compañero de cartel, dio su último recital en España en esta localidad abulense presentado su último disco en solitario en 9 años The Trick is to Breathe, luego de haberlo hecho en Barcelona y Madrid.

                                                     
                   Sid Griffin en La Faena - Foto: Carlos López de Varo

Marco R. Wagner fue el encargado de abrir el fuego en esta noche tan especial. Este artista, brasileño de nacimiento, ha vivido durante años en Nashville y Nueva York donde ha puesto su música al servicio de Dolly Parton, The Guess Who, entre otros ilustres. Nos dejó un buen puñado de sus canciones de su disco My Old Spain, lleno de folk, de country. Sus letras cuentan historias vividas y conocidas por el mismo Wagner, como la conmovedora The Ballad of Rob Cohen, un joven de raza negra que apareció ahorcado de un árbol, mientras su coche apareció vacío y accidentado. El diagnóstico fue 'suicidio', ¿cómo pudo ser? se pregunta Wagner mientras su armónica lamenta que el chico se enamorara de la chica equivocada. My Old Spain es un disco que remueve el alma y sobrecoge por su música.

El turno de
Sid Griffin llegó con incertidumbre, no se sabía si iba a aguantar el concierto, ya que arrastraba un fortísimo catarro. Tirando de profesionalidad, comenzó a desgranar los temas de su álbum The Trick is to Breathe. Este disco incluye doce canciones que van desde la sutil y emocionante balada Between the General and the Grave, pasando por la vital Elvis Presley calls his Mother after the Ed Sullivan Show llegado a himnos como Everywhere, gran canción. Bluegrass, country, folk, todo esto es The Trick is to Breathe, un muy buen disco, de los que hace destacar una colección. Belleza y emoción pura.

Mientras iba cayendo el set list,
Sid Griffin iba entrando en calor, cogiendo tono. Ayudó que parte del público conocía sus canciones, alguno de ellos incluso se sabía su discografía completa, como el propio Griffin reconoció. Se puede decir que el público le hizo venirse arriba. Fue un concierto inolvidable por el tono cercano e íntimo que se creó en La Faena y por las ganas que tenía el público de disfrutar. Hubo, como era de esperar, concesiones al cancionero de The Long Ryders, sonaron entre otras Lights of Downtown, I Want You Bad, Capturing The Flag y Gunslinger Man, entre otras. Como fin de fiesta, Sid Griffin interpretó junto a Marco R. Wagner You Ain't Going Nowhere, de Dylan, pasado por el tamiz de The Byrds.

                                                           

             Sid Griffin y Marco R. Wagner - Foto: Carlos López de Varo

Volvemos al principio de este post. ¿Cómo ha llegado Sid Griffin a tocar en la sala de una asociación cultural de Piedralaves, Ávila?
La Faena organiza conciertos de pop, rock, blues, música clásica, obras de teatro, títeres para niños, cuenta cuentos... Uno se queda maravillado de lo que logran hacer para beneficio del precioso pueblo que es Piedralaves, de la comarca del Valle Tiétar y lo más importante, para quienes viven allí. Sira González gestiona la asociación con la única y exclusiva ayuda de Alejandro Caja, de los técnicos Carlos y Pedro y unos pocos amigos como Katy. Ellos sacan adelante esta asociación con mucho amor al arte, su única recompensa, me temo. Los que habitualmente hablan de emprendimiento, brillan por su ausencia. Haber podido ver a Sid Griffin en una sala pequeña y acogedora, disfrutar de su música, haber podido saludarle y charlar con él, son cosas que uno se lleva a la tumba, esto ha sido así gracias a esta asociación cultural. La Faena está en Facebook, Twitter y Google +, síganles, merece la pena.











viernes, 13 de febrero de 2015

Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?


Divertida película la firmada por Phillipe de Chauveron. Sobrevive en la cartelera española desde el pasado mes de diciembre, fue estrenada justo antes de las navidades, el día 19 y si es así es que ha funcionado muy bien el boca a boca.Todas las opiniones escuchadas sobre este film, han coincidido en lo mismo: es divertida y entretenida.

                                                         


Un
matrimonio ya entrado en años, católico y tradicional ve como sus hijas se van casando con hombres de distinta raza y religión. Así, se produce un choque cultural y religioso entre padres e hijas, muy bien resuelto con situaciones divertidas y diálogos inteligentes. El director, Chauveron y el co-guionista Guy Laurent, partiendo de los prejuicios hacia el extraño, hacia la persona que es diferente, han creado unos personajes a través de los cuales se ríen de los mismos prejuicios, no dejando títere con cabeza.

Porque es así, el que ha sufrido el desprecio y la burla, hace que los demás también lo sufran. Pero insisto, en
Dios mío ¿qué te hemos hecho? se tratan estos espinosos temas de forma divertida y desenfadada. Aunque todos los actores están realmente bien, sobresalen en el reparto Pascal N'Zonzi y Cristian Clavier, ambos personajes representan el lado amable del racismo. En definitiva, si quiere usted pasar un buen rato y reírse en compañía, vaya al cine a ver esta película.











miércoles, 11 de febrero de 2015

El derby, la fiesta y el Bernabéu


El Real Madrid sufrió una dura derrota el pasado sábado a manos del máximo rival de la Capital. Es verdad que la tendencia del equipo invitaba poco al optimismo antes del partido, más teniendo en cuenta que el Atleti le tiene tomada la medida al Madrid. Lo que nadie se esperaba es que la derrota viniera por falta de actitud, de ganas de jugar, por no competir. El Madrid ni siquiera lo intentó: los goles son todo un ejemplo de cómo no defender un ataque, hubo solo dos tiros a la portería de Moya, el Atleti ni siquiera tuvo que sacar el colmillo, no hizo falta. Derrota madridista por dimisión irrevocable. Se puede perder, pero no así. Una vez dicho todo esto, hay que seguir, asumir el toque muy serio de atención recibido y levantarse. Después de todo, son los demás quienes ven la matrícula del Madrid.

                                                           


Dos días después del partido, se supo que
Cristiano Ronaldo celebró la misma noche del sábado su cumpleaños con una fiesta por todo lo alto. Habrá quién se haya escandalizado y se haya hecho cruces. Particularmente, pienso que todo el mundo tiene derecho a una vida privada, también los futbolistas de élite. Todo el mundo tiene derecho a desahogarse después de un día duro en el trabajo, sobre todo cuando el trabajador afectado lleva una trayectoria que sólo cabe calificar de leyenda. El error, sin duda, es haber publicado las fotos y vídeos de la fiesta, pero sinceramente, no es para tanto. Sólo faltaba que ahora se silbe a Cristiano en el Bernabéu. Cosas peores se han visto.

Finalmente, ayer salió la noticia de que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid
ha anulado la modificación del Plan General de Ordenación Urbana de la ciudad, lo que significa que la proyectada ampliación del Estadio Santiago Bernabéu queda en principio parada y quién sabe si definitivamente tumbada. Muy brevemente la historia es como sigue: el Real Madrid y el Ayuntamiento de la ciudad se iban a intercambiar diversas parcelas por toda la Capital para que el estadio madridista se amplíe en su lateral del Paseo de la Castellana con un hotel de lujo y un centro comercial, a la vez que se cerraría completamente el estadio con una nueva cubierta exterior. Nada tengo en contra de que se remodele el estadio, los tiempos cambian y hay que adaptarse a ellos. Lo que no parece muy serio es que desde los años 90, tanto el Club como el Consistorio salden sus deudas intercambiando entre ellos terrenos, algunos de ellos edificables. Todo esto suena mal, queda feo. Si el Real Madrid tiene dinero para pagar sueldos y traspasos de decenas de millones de euros, entonces es de suponer que tiene el dinero necesario para pagar la parcela que pretende invadir en el Paseo de la Castellana a precio de mercado y construir en él lo que quiera, así el Ayuntamiento recaudaría un dinero muy necesario para pagar los servicios que tiene que prestar a todos los ciudadanos, o por lo menos para rebajar la presión fiscal que se sufre en Madrid. Los que aquí vivimos, lo agradeceríamos, mucho. Veremos en qué acaba todo esto.












lunes, 9 de febrero de 2015

Las salas de conciertos de Madrid


Durante el concierto al que asistí en la Sala El Sol de The Long Ryders el pasado mes de diciembre, me quedé pensando en cómo han cambiado las salas de concierto desde que comencé a frecuentarlas. Mi primer contacto con ellas fue a través de la mítica Rock Ola, no por haber entrado en ella ya que cuando cerró era tan sólo un muchacho, sino por haber ido al colegio que está situado justo enfrente del local de la calle Padre Xifré. Recuerdo preguntarle a mi madre cuando venía a buscarme a la escuela qué hacían esas señoras mayores que vestían llamativamente, mientras fumaban como si no hubiera un mañana en las cercanías del Rock Ola. Parecían esperar a que alguien les hiciera caso. Mi madre, lógicamente, cambiaba de tema mientras me llevaba al Galgany, un bar que estaba en la calle Clara del Rey dónde servían unos perritos calientes deliciosos y además tenían la máquina de juegos Galaxian. Por otra parte, mi hermano tenía colgado en las paredes de su cuarto carteles de conciertos llamativos y entradas con unos diseños muy chulos, también recuerdo cómo contaba peleas entre rockers y mods, o cómo Pedro Reyes y Pablo Carbonell hacían tal o cuál número ante el descojone del personal. Buena música y buenas historias entre gente de la más variopinta condición. Todo aquello tenía pinta de molar mucho, salvo las peleas, claro.

                                                     
 

Volviendo al inicio, mientras
Sid Griffin y los suyos nos hacían vibrar a los presentes con su set list, pensé en lo bien que se estaba en la sala El Sol: aire acondicionado, aforo controlado, nada de humo... Antiguamente, esto no era así. Me vino a la memoria la Sala Revólver, aquel día en que tocaban El Regalo de Silvia, Los Planetas y algún grupo más... debía ser a principios de los años 90. La sala estaba abarrotada de público y la ventilación brillaba por su ausencia, con lo que el techo, literalmente, sudaba por la condensación del aire, así se daba la extraña circunstancia de llover dentro de un local cerrado. El sobre aforo y la sensación de ser tratado como el ganado era lo habitual, no sólo en las salas de conciertos, también en los estadios de fútbol. En definitiva, se sudaba, se pasaba calor, desaparecían chupas, cazadoras y a veces también las carteras.

La Sala
Universal -había tres si no recuerdo mal: Manuel Becerra, Fundadores y Universal Sur- tenía la buena costumbre de enviar entradas a quien se apuntara a su mailing list. Muchas veces eran pases para ver a completos desconocidos, otras eran para ver a los Pixies, a quienes vi totalmente gratis, no sé si en el 89 o en el 90, en la Universal Sur. En Navidad he vuelto a escuchar este concierto en Radio 3. Ni si quiera la sala estaba llena. Fue inolvidable, sí.

Honky Tonk
, Galileo, Gruta 77, Sala Maravillas... Algunas desaparecieron o se han transformado, otras siguen. Ahora disfrutamos en estos locales de una seguridad que hemos alcanzado por haber aprendido de las desgracias, como Alcalá 20 o hace bien poco, el Madrid Arena. Lo realmente triste éstas caigan en el olvido, sigan ocurriendo y que no haya responsables.












lunes, 2 de febrero de 2015

Big Time, la gran vida de Perico Vidal


Todo un descubrimiento el libro de Marcos Ordóñez y una maravilla haber conocido la vida de Pedro Vidal, un hombre que tuvo la fortuna de encontrar la pasión de su vida, el cine, y haber podido dedicarse profesionalmente a ella, trabajando con los mejores. Todo aquel personaje que Ordóñez entrevistaba para su libro Beberse la vida. Ava Gardner en España, le hacía la misma sugerencia: ¿has hablado con Perico Vidal? Tirando del hilo, el periodista y escritor dio con él, quien accedió a la entrevista para hablar de la actriz. A partir de ahí, fue tal la información acumulada y de tal calibre las historias que la idea de escribir un libro sobre este personaje fue cobrando fuerza.

                                                          


¿Pero quién era Pedro Vidal?
Orson Welles le reclutó para el rodaje de Mr. Arkadin en España. Aprendió rápidamente la técnica necesaria para ser ayudante de dirección, lo que sumado a que hablaba perfectamente inglés y francés, le hizo posible convertirse en amigo íntimo de Frank Sinatra, trabajar con Joseph Leo Mankiewicz y convertirse en imprescindible para David Lean después de la grabación de Doctor Zhivago. Y más, muchas más cosas, anécdotas e historias que dejan al lector de Big Time: la gran vida de Perico Vidal con la boca abierta, con la sensación de haber podido conocer a un personaje único.

El libro de Marcos Ordóñez, editado por Libros del Asteroide, está estructurado en tres partes, la primera de cómo llegó el periodista y escritor hasta él y cómo se gestó el libro; la segunda y principal donde el mismo
Pedro Vidal cuenta sus vivencias y la tercera dónde la Alana Vidal, la hija de Pedro, cuenta cómo era su padre, cómo vivió ella siendo una niña las fiestas en el mítico ático de la calle Príncipe de Vergara que llegó a ser conocido como Hostal Vidal, debido a la extremada generosidad de Vidal con sus amigos, cómo se refiere a sus padres como Perico y Susan, no como papá y mamá, algo que he escuchado a mucha gente del cine, como José y Marichu. En resumen, el libro nos descubre que Pedro Vidal amó a su familia aunque la hizo sufrir, amó su trabajo y exprimió la vida hasta la última gota. Mi agradecimiento eterno a los Reyes Magos por regalarme semejante historia. Qué buena gente son.











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