Portada 3

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lunes, 9 de febrero de 2015

Las salas de conciertos de Madrid


Durante el concierto al que asistí en la Sala El Sol de The Long Ryders el pasado mes de diciembre, me quedé pensando en cómo han cambiado las salas de concierto desde que comencé a frecuentarlas. Mi primer contacto con ellas fue a través de la mítica Rock Ola, no por haber entrado en ella ya que cuando cerró era tan sólo un muchacho, sino por haber ido al colegio que está situado justo enfrente del local de la calle Padre Xifré. Recuerdo preguntarle a mi madre cuando venía a buscarme a la escuela qué hacían esas señoras mayores que vestían llamativamente, mientras fumaban como si no hubiera un mañana en las cercanías del Rock Ola. Parecían esperar a que alguien les hiciera caso. Mi madre, lógicamente, cambiaba de tema mientras me llevaba al Galgany, un bar que estaba en la calle Clara del Rey dónde servían unos perritos calientes deliciosos y además tenían la máquina de juegos Galaxian. Por otra parte, mi hermano tenía colgado en las paredes de su cuarto carteles de conciertos llamativos y entradas con unos diseños muy chulos, también recuerdo cómo contaba peleas entre rockers y mods, o cómo Pedro Reyes y Pablo Carbonell hacían tal o cuál número ante el descojone del personal. Buena música y buenas historias entre gente de la más variopinta condición. Todo aquello tenía pinta de molar mucho, salvo las peleas, claro.

                                                     
 

Volviendo al inicio, mientras
Sid Griffin y los suyos nos hacían vibrar a los presentes con su set list, pensé en lo bien que se estaba en la sala El Sol: aire acondicionado, aforo controlado, nada de humo... Antiguamente, esto no era así. Me vino a la memoria la Sala Revólver, aquel día en que tocaban El Regalo de Silvia, Los Planetas y algún grupo más... debía ser a principios de los años 90. La sala estaba abarrotada de público y la ventilación brillaba por su ausencia, con lo que el techo, literalmente, sudaba por la condensación del aire, así se daba la extraña circunstancia de llover dentro de un local cerrado. El sobre aforo y la sensación de ser tratado como el ganado era lo habitual, no sólo en las salas de conciertos, también en los estadios de fútbol. En definitiva, se sudaba, se pasaba calor, desaparecían chupas, cazadoras y a veces también las carteras.

La Sala
Universal -había tres si no recuerdo mal: Manuel Becerra, Fundadores y Universal Sur- tenía la buena costumbre de enviar entradas a quien se apuntara a su mailing list. Muchas veces eran pases para ver a completos desconocidos, otras eran para ver a los Pixies, a quienes vi totalmente gratis, no sé si en el 89 o en el 90, en la Universal Sur. En Navidad he vuelto a escuchar este concierto en Radio 3. Ni si quiera la sala estaba llena. Fue inolvidable, sí.

Honky Tonk
, Galileo, Gruta 77, Sala Maravillas... Algunas desaparecieron o se han transformado, otras siguen. Ahora disfrutamos en estos locales de una seguridad que hemos alcanzado por haber aprendido de las desgracias, como Alcalá 20 o hace bien poco, el Madrid Arena. Lo realmente triste éstas caigan en el olvido, sigan ocurriendo y que no haya responsables.












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