Portada 3

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lunes, 28 de octubre de 2013

Mis experiencias con Lou Reed


Tuve con Lou Reed dos experiencias. La primera aconteció en febrero de 1992 en el Palacio de Congresos del Paseo de la Castellana. En aquella época apenas tenía 20 años y ocasionalmente trabajaba en conciertos, cortando entradas, controlando los accesos, etc... Reed vino dos días seguidos a tocar, presentaba su disco “Magic and loss” y yo estuve trabajando los dos días.

Claro, al tratarse de quién era, imaginaba que habría puñaladas traperas entre los que allí trabajábamos por poder estar dentro del auditorio y ver los dos conciertos, pero muchas menos de las esperadas por mí, algunos salieron espantados proclamando que “éste es peor que Leonard Cohen”, tanto peor para ellos. El primer día me quedé fuera. Sí pude mirar por los cristales de las puertas de acceso durante la prueba de sonido y ver a Reed ir de abajo a arriba, imagino que comprobando cómo sonaba la banda en las distintas localidades del auditorio. Me impactó sobremanera cómo andaba, parecía tener un brazo agarrotado y cojeaba ostensiblemente. Mientras miraba por los cristales, uno de los socios de la empresa para la que trabajaba, dijo mientras miraba también a mi lado por la puerta: “todavía me acuerdo del día de su concierto en el campo del Moscardó”. Eso fue todo el primer día.
El segundo día, me tocó dentro, bajo la excusa, cierta, de que estaba estudiando un curso de sonido, me colocaron con mi peto naranja al lado del técnico de P.A.
1 para poder echar un ojo cómo curraba. Si les soy sincero, apenas recuerdo nada del concierto en sí salvo los bises que fueron míticos. Manuel Martínez Cascante dice en la crónica de ABC del 6 de febrero de 1992: “Reed acabó por irritar a una audiencia ávida del lado salvaje de la vida, con el que poca relación guarda el Lou de hoy. Después del descanso, unas pocas canciones del disco “Songs for Drella” y del “New York”, un poco tarde para levantar un concierto entre recogido y místico, fúnebre y tenebroso. Un espanto, vaya.”
Para Javier Pérez de Albéniz en El País el mismo día: “...los primeros 60 minutos fueron un recorrido lineal y -en ocasiones-, soporífero, por su último disco, titulado “Magic and loss”. “Vamos de una vez, plasta”, gritaban algunos. Otros le bautizaron como el
camarón americano”. Nada halagüeño, la verdad.
Lo que yo sí recuerdo, como he dicho, son los bises:
Sweet Jane, Rock and roll, Walk on the wild side, Satelite of love y Vicious. ¡Cómo olvidarlo! Algunos de mis amigos que trabajaban conmigo estaban arrodillados justo debajo del escenario (éste no es muy alto) y ante tal cúmulo de himnos no podían hacer otra cosa que sonreir, alguno incluso moviendo las piernas como podían, en una especie de baile de pato, llevándose luego la correspondiente reprimenda de los jefes. Que le quiten lo bailado, nunca mejor dicho.
Al finalizar el concierto, este mismo jefe, nada rencoroso, viendo que éramos fans, nos dijo a mis camaradas y a mí si le queríamos acompañar de los vestuarios al autobús, “sin que nadie le moleste ¿eh?” refiriéndose a nadie de la calle, ni nosotros, claro. Muy obedientes, así lo hicimos, en cuanto salió por la puerta le rodeamos haciendo un círculo con nuestros brazos. Reed nos miraba como diciendo “éstos qué hacen”, máxime cuando de la puerta de salida hasta el autobús había unos diez metros y en la calle había... un chaval que le pidió educadamente un autógrafo, él se lo concedió y se metió en el autobús, de dos pisos, con el resto de músicos para continuar su gira. Podíamos haberle freído a halagos, darle la brasa un poco, autógrafos, no sé, algo... E-RA-LOU-REED-SE-ÑO-RES, el líder de la Velvet, el amigo de Warhol, de Bowie... y estaba con nosotros... Nos pudo la profesionalidad, es lo único que se me ocurre decir.

La segunda experiencia con Lou Reed fue en 2004 en los llamados Conciertos del Nuevo Milenio en el Monte do Gozo, Santiago de Compostela. En principio iba a ver a Bowie, pero un repentino problema cardiaco le hizo caerse del cartel y fue sustituído por Reed. Lo que relataban los cronistas de los conciertos del 92 se quedaba muy corto con lo que allí se vivió. La decepción, el aburrimiento, la sensación de tomadura de pelo, la empatía cero con el público puede resumir el concierto. A veces se escuchaba más el rumor del público hablando, aburrido, que al propio Reed con su guitarra. Los bises fueron Perfect day que uno de mi alrededor cantó a su par burlonamente sin que ni siquiera nadie tuviera ganas de hacerle callar, tal era el asqueamiento, Sweet Jane y no sé si alguno más. De horror.

Como decía Bill Shankly, entrenador del Liverpool F.C., de su rival el Everton F.C.: “si el Everton jugara un partido en el jardín de mi casa, correría las cortinas”, lo mismo me pasaba a mí con Lou Reed, si hubiera tocado en el bar de abajo de mi casa, habría echado la persiana. Él fue una referencia obligada, un músico y letrista de los mejores del mundo, Perfect day es quizá su mejor letra, para mí claro. Nos quedan sus discos para disfrutar su música, para siempre.


1 Public Address: el técnico de P.A. controla y mezcla lo que escucha el público en un concierto; lo que escuchan los propios músicos es otro sistema independiente denominado monitores y su técnico suele estar en uno de los costados del escenario.

1 comentario:

  1. De los dos conciertos de la gira Magic and Loss del 92, a mí me tocó currar en sala el primer día. El segundo estaba fuera, pero en un momento dado, uno de los jefes-armario me ordenó que me metiera dentro, a pie de escenario para "vigilar".
    De modo que me vi, en cuclillas, a los pies de Lou Reed que, guitarra en ristre, atacaba no sé si Sweet Jane o walk on the wild side. Estaba a un metro de uno de mis héroes, no daba crédito, y en estas descubro, al final del escenario, al jefe-armario desgañitándose como un energúmeno para que dejara de mirar a Lou y me girara hacia el público. En primera fila estaba un conocido nuestro bailando como un poseso, y a su lado, impertérrito, Ramoncín.
    Así que me giré de nuevo hacia el viejo Lou y no dejé de observarlo con embeleso hasta que acabó el concierto, ¿qué otra cosa podía hacer?

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