Portada 3

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martes, 31 de enero de 2017

Dean Reed, el Elvis Rojo, su música


Hace unos días hablábamos de la vida, del auge y caída de Dean Reed a través del libro Comrade Rockstar de la periodista Reggie Nadelson, quedó pendiente una revisión de la trayectoria musical que Reed dejó desde finales de los años 50 hasta su muerte en 1986. Es muy complejo determinar la discografía de Dean Reed, de hecho, la propia Nadelson se las vio y deseó para encontrar discos en las tiendas de la extinta RDA poco tiempo después de su muerte y un poco más tarde en la ya reunificada Alemania Federal.

En la página www.deanreed.de recopilan todas las ediciones publicadas del músico de Colorado por todo el mundo, pero advierten, muchas de ellas están repetidas, simplemente cambia el país donde vieron la luz comercialmente. La gran mayoría de la música de Reed fue publicada en la RDA, a través del sello oficial
Amiga, donde grabó el mismísimo Víctor Manuel y en la antigua Checoslovaquia, en el también oficial sello Supraphone. Respecto a las tiendas digitales, en Amazon aparecen vendedores de diversos vinilos, como el titulado Country que data del año 1982, este es el único ábum que aparece en All Music. Tanto Spotify como Itunes muestran los mismos discos, recopilatorios de las discográficas oficiales anteriormente nombradas y de otros caracteres como canción política y de protesta. En todos estos portales, aparece el disco Teen Idol 1959-1961 el cual recoge las primeras grabaciones de Dean Reed antes de abandonar los EE. UU.

                                                         


Teen Idol está compuesto por 16 canciones de rock, baladas para adolescentes, pero gracias a uno de estos temas, Dean Reed sería más conocido que el mismísimo Elvis Presley en América del Sur, estamos hablando de Our Summer Romance. En Chile y Argentina Dean Reed obtuvo el reconocimiento que no consiguió en su propio país: popularidad, fama, programas de TV. Por primera vez, fue considerado una estrella. The Search fue otro de los primeros éxitos musicales de Reed en el Cono Sur.

Con
Payton Pride, su maestro de canto e interpretación en Hollywood, Reed tomó conciencia social, pero fue en Chile donde entra en contacto con los colectivos más desfavorecidos, allí abraza el socialismo como doctrina política, llegando a conocer a Salvador Allende. Venceremos, el himno para la campaña electoral de Unidad Popular y popularizado por Quilapayún y Víctor Jara, fue interpretado también por Dean Reed. Las versiones fueron una constante en la carrera de Reed: registró clásicos de Woody Guthrie, Bob Dylan, Ritchie Valens, Everly Brothersy Kevin Johnson entre muchos otros.

Entre la multitud de actuaciones televisivas de Reed en las cadenas de la RDA y de la URSS, diversas películas y varios recopilatorios discográficos podemos encontrar canciones de distintos géneros musicales: melódica con I Wish You Well y I'm Not Ashamed; rock con Love Your Brother y pop con I Can Hear Histroy Calling y la animada y pegadiza Wir Sagen Ja
.

                                                     



Casi al final de American Rebel (1985),
Will Roberts, director del documental lanza la siguiente pregunta a Dean Reed: La gente dice que eres un cantante pop, country, rock... dicen que perteneces a la canción protesta... ¿qué tipo de cantante te consideras?
Dean Reed responde: Yo canto al amor, a los distintos tipos de amor: a mi mujer, al amor a la justicia, a un simple paseo por un parque, canto a la verdad... Los artistas deberían tener en cuenta estos aspectos, yo lo intento con mis canciones. Muchos me critican porque no pertenezco a una sola categoría musical, pero la vida, las personas, tienen distintas necesidades.

Ignorado en su país, considerado por muchos una estrella, para otros fue un simple oportunista de quién se aprovechó un régimen político que ya no existe. Lo cierto es que Dean Reed tuvo una vida singular y un final demasiado trágico. Su calidad como cantante y actor quedará a determinar por quien se acerque a su obra. Nosotros nos quedamos con que fue alguien que dio a conocer el rock allí donde estaba prohibido, fue quien llevó un poco de color donde estaba instalado el gris oscuro.











lunes, 16 de enero de 2017

La La Land, La Ciudad de las Estrellas


Todo empezó mal, hay que señalarlo. Ya desde el primer número de la película se notó. El sonido no estaba al volumen correcto, un musical, el cine en general, no tiene ese punto de llegar a preguntarse qué dicen los diálogos o escuchar tan baja la música. Esta película es una buena oportunidad para volver a enganchar a los espectadores que han abandonado el hábito de ir al cine, pero si una sala comercial no ofrece el máximo de calidad, ¿por qué pagar el precio de la entrada?

                                                        


Independientemente de este incidente, ya desde el principio La Ciudad de las Estrellas da síntomas de que algo falla. Números musicales metidos con calzador, personajes que aparecen y desaparecen de un plumazo de la trama sin que hayan sido convenientemente integrados. La historia, un tanto simple, transcurre a trompicones y el diseño de sonido tiene cosas un tanto llamativas: hay bailes que sí tienen efectos sonoros, otros no, la canción protagonista no aparece tantas veces como para considerarla así...

En la parte positiva hay que decir que
La La Land tiene buenos momentos de humor, dos protagonistas jóvenes y apuestos: Emma Stone y Ryan Gosling, que bailan, cantan y tocan instrumentos, esto último al menos en apariencia, muy bien. Pero no es suficiente, la película transcurre de manera demasiado lineal. Es posible que la cinta no tenga en principio más pretensiones y se trataba solo de un cuento entretenido. Quizá la intensa estrategia de mercadotecnia y tanta nominación a los máximos premios hagan pensar al espectador que va a ver la nueva 'Bailando Bajo la Lluvia', pero nada más lejos de la realidad. Si tiene usted pensado ir a verla, hágalo, el buen rato no se lo quitará nadie.






miércoles, 11 de enero de 2017

Frantz, redención, culpa, miedo


François Ozon firma con Frantz una libre adaptación de L'homme que j'ai tué (El hombre al que maté), obra de teatro escrita justo al final de la I Guerra Mundial por Maurice Rostand. Ernst Lubitsch realizó una primera adaptación al cine de esta obra en 1931, con Broken Lullaby. Ozon no ha realizado un remake al uso, sino que apoyándose en el punto de partida del libreto de Rostand crea una historia de redención, culpa y miedo, como viene a titularse esta entrada.

Nos situamos en 1919, un pequeña pequeña población alemana recibe la visita de
Adrien, un joven francés que rinde visita a la tumba de Frantz, un soldado alemán caído durante la Gran Guerra. Como es lógico, pronto atrae la atención de los habitantes del pueblo, en especial de Anna, la prometida que esperaba en vano el vuelta a casa de Frantz. Superado el estupor inicial, Adrien llega a conocer a la familia del finado.

                                                      


A partir de aquí, la película de Ozon entra en una primera parte donde el relato es lineal, todo parece suceder según lo previsto, pero la narración llega a un punto en el que se suceden inesperados e inquietantes giros dramáticos. De Frantz, más allá del anecdótico uso del color que plantea Ozon, hay que destacar la sobresaliente transformación que sufren Anna y Adrien en el guion del propio director y de Philippe Piazzo. Paula Beer en el papel de Anna y Pierre Niney en el de Adrien (¿hay alguien en la sala con intenciones de rodar una película sobre Salvador Dalí? ¿Sí? Niney es su hombre, no lo dude) llevan todo el peso de la interpretación, dando a sus personajes grandes dosis de credibilidad y empatía con el espectador. Ambos están muy bien acompañados por Ernst Stötzer y Cyrelle Clair quienes representan a los padres de Frantz.

Redención, vivir con la puta culpa, como dice la canción, miedo, el sentimiento de estar vivo, todo esto es la película Frantz. Por último, una recomendación: si no lo han leído, El Miedo de Gabriel Chevalier es uno de los grandes libros de la I Guerra Mundial, no se lo pierdan.









domingo, 8 de enero de 2017

Dean Reed, Comrade Rockstar, un recorrido vital escrito por Reggie Nadelson


Fue este artículo en el diario El País el que dio a conocer a Dean Reed al bloguero, no hubo referencias anteriores, ni una remota canción escuchada en la radio o por internet, ninguna película ni referencia del artista que fue una gran estrella en la República Democrática Alemana y en la URSS en particular y en el bloque soviético en general. Tirando del hilo, una vez más lanzado por Diego A. Manrique, apareció el rastro del libro que viene a titular esta entrada: Comrade Rockstar, the Life and mistery of Dean Reed.

Este libro, escrito por la periodista y documentalista
Reggie Nadelson investiga la vida y circunstancias de la misteriosa muerte de Reed a través de los numerosos testimonios que la periodista recogió en Alemania del Este y en Rusia, de todo aquel que tuvo contacto directo con el cantante y quiso contarle su experiencia con Dean Reed: familia, traductores, periodistas, fans, políticos... No se trata, por tanto, de una hagiografía al uso. Además, el libro tiene la virtud de mostrar al lector cómo era la vida más allá del Muro de Berlín y del Telón de Acero, contada gracias a los numerosos viajes que allí hizo la periodista a partir de 1988, permanentemente acompañada por el también documentalista Leslie Woodhead.

                                                    



Lo cierto es que
Dean Reed fue una gran estrella, primero en Chile y Argentina, después en el bloque soviético, lo que no pudo ser en su propio país. Sus canciones -pop, versiones de clásicos y de contenido político- arrasaban, sus películas se proyectaban durante meses en los cines del COMECON. Phil Everly, de los Everly Brothers, conoció a Reed cuando ambos se formaban como cantantes y actores en Hollywood. Everly señala que Dean Reed era un tipo con talento, una gran estrella y aunque él se declaraba seguidor de Reagan, respetaba a Reed por el hecho de vivir en consecuencia a su forma de pensar. De hecho, tocó con él en la RDA.

Para muchos
Reed fue quien llevó el rock and roll a Europa del Este, no olvidemos que allí estaba prohibido. Los regímenes comunistas lo consideraban una amenaza de Occidente. Para otros Dean Reen fue un impostor, un cantante y actor de serie B que estuvo en el sitio y momento adecuado, la perfecta oportunidad que aprovechó el sistema comunista para hacer su propia propaganda: un joven americano, con pinta de galán y buena voz que además se declaraba ferviente socialista.

Artemy Troitsky, crítico de rock ruso lo deja muy claro en Comrade Rockstar: Reed tocaba en los años 70 las canciones que la juventud del Este europeo sólo alcanzaba a través de rudimentarias copias de discos importados ilegalmente que hacían con caseros surcos en radiografías, llamadas roentgenizdat, es decir: huesos o costillas. Aquello sonaba fatal, pero como decía un entrevistado por Nadelson en Rusia, al fin y al cabo era, por ejemplo, Chuck Berry. Dean Reed también era quién aparecía en la televisión acosado por las chicas, como si fuera un beatle, rodeado de una multitud pidiéndole de autógrafos, era quién podía vestir todo aquello que, simplemente, no existía en Alemania del Este o en Rusia: botas, camisas y cazadoras de estilo vaquero, en definitiva ropa de diseño occidental. Siempre según Troitsky, a finales de los años 70 y principio de los los 80, con el hartazgo de las prohibiciones y privaciones que pasaba la población en aquellos países, Reed comenzó su declive. No encajaba en el perfil que se supone a una rockstar cuando abrazaba abiertamente a Breznev o compadreaba con Honecker, la gente estaba harta de un sistema que Reed defendía a capa y espada. A mediados de los 80, cercano a la cincuentena, la estrella de Reed comenzó a apagarse.

Luego de una desastrosa entrevista concedida al programa 60 Minutes de la CBS, que le cerró las puertas a un posible retorno a EE.UU. y bajo los efectos de una profunda depresión, en junio de 1986 Dean Reed apareció muerto, ahogado, en un lago cercano a su casa en Berlín. La profunda investigación llevada a cabo por Reggie Nadelson viene a confirmar que
Dean Reed se suicidó. Su muerte, rodeada de extrañas circunstancias, fue objeto de numerosas teorías, la mayoría de ellas paranoicas: unas decían que Reed era miembro de la CIA, otras, del KGB; durante la localización en Ucrania de Bloody Heart -película que debería relanzarle al estrellato- pudo descubrir algo en referencia al accidente nuclear de Chernóbil, Reed era espía americano, era espía soviético, era agente doble, tenía cáncer... Como ocurrió con Elvis Presley, incluso había quién pensaba que Dean Reed estaba todavía vivo y su muerte era un montaje para poder huir al Oeste... Renate Blume, la viuda de Reed, en su relato de los últimos días de vida de Reed, viene a subrayar el suicidio como causa de la muerte del cantante y actor.

Lo cierto es que
Dean Reed fue un personaje más de la Guerra Fría, protagonista de una vida apasionante que pertenece a un mundo que ya no existe. El pasado mes de junio se cumplieron 30 años de su muerte, no vivió la caída del Muro de Berlín y por tanto del bloque soviético en Europa del Este. ¿Qué habría pensado, qué hubiera hecho Reed de estar vivo entonces? Imposible saberlo. Se han rodado varios documentales sobre la vida de Reed, destacan dos: American Rebel, de Will Roberts, 1985 y Der Roten Elvis, filmado por Leopold Grün en 2007. Tom Hanks compró los derechos cinematográficos de Comrade Rockstar, pero de momento parece ser otra historia más guardada en un cajón de Hollywood esperando a ser filmada.

En unos días habrá una nueva entrada sobre la música de Dean Reed.







miércoles, 4 de enero de 2017

El Faro de las Orcas


Gerardo Olivares, director de la estupenda aventura que es La Gran Final -no en vano la idea de llevar a la gran pantalla la historia de Roberto Bubas surgió cuando estaban rodando a los aficionados ante la final del Mundial 2002- vuelve a dejarnos una cinta que mueve las emociones. El Faro de las Orcas plantea un mano a mano entre Maribel Verdú y Joaquín Furriel donde ella busca encontrar su camino y él intenta no perderlo.

                                                      



Lola viaja desde España acompañada de su hijo, autista, a la Patagonia para encontrar al agente para la protección de los animales que vieron en un documental de National Geographic, ya que, de forma asombrosa, Beto, así se llama el agente, logra comunicarse con las orcas lo que provoca una reacción emocional inédita en el hijo de Lola. Instalado en un faro, lejos de cualquier población, Beto recibe la inesperada visita como una interferencia en su solitaria y ofuscada vida, en un entorno realmente paradisíaco.

El Faro de las Orcas, como decíamos al principio, logra conmover al espectador mediante la propia historia, la mágica relación que logra establecer el hombre con el animal, la superación por parte de Tristán. En la parte técnica destaca la fantástica post producción de la imagen, los planos increíbles que se reflejan en la pantalla y los paisajes de belleza exuberante. Por contra, la película falla en el desarrollo de los personajes, es demasiado previsible principalmente con los dos protagonistas. Respecto a los demás, Bonetti podría haber sido más perverso; la fiesta ofrecía muchas posibilidades para que algo más dramático ocurriera. En definitiva, a pesar de esto último, El Faro de las Orcas es una buena película, merece la pena.







lunes, 2 de enero de 2017

Comanchería, el western adaptado al siglo XXI


Hell or High Water es el título original de esta película que debería estar en la carrera por los premios más importantes que se van a entregar a lo largo de este año recién iniciado. Y esto es así por varios motivos: las brillantes actuaciones del cuarteto titular -Jeff Bridges, Gil Birmingham, Chris Pine y Ben Foster-, la dirección de David MacKenzie, la música de Nick Cave y Warren Ellis, pero sobre todo por actualizar el western.

                                                       



En el remoto estado de Texas, en las desoladas localidades del sur cercanas a México, la crisis ha azotado de lo lindo a la población. Justo al inicio de la película el espectador se encuentra con toda una declaración de intenciones, se trata de una pintada en una pared de una calle perdida:
'Hemos ido a salvar Irak 3 veces, pero, ¿quién nos rescata a nosotros?' Calles desérticas de gente, locales comerciales cerrados a cal y canto y poblaciones asoladas se ven adornadas de carteles publicitarios de bancos que ofrecen sus servicios financieros a unos ciudadanos que vienen de perderlo todo.

Comanchería no es, por tanto, el estreno de un nuevo género cinematográfico sino una gran revisión de uno de los míticos en base a las circunstancias actuales y plantea al menos varios debates morales: ¿quién es el auténtico ladrón? ¿acaso no es menos agresiva la acción del liberalismo descontrolado que la violencia física? ¿el fin justifica los medios? ¿cuándo dejará de ser un estorbo la burocracia ante la experiencia de las personas? Hell or High Water nos habla de todo esto, también de la amistad, de la supervivencia, del sentido del deber, de cómo las malas decisiones nos pueden arrastrar al infierno... Con el tiempo, esta película llegará a convertirse en un clásico. Aunque estrenada en los últimos días del pasado mes de diciembre, 2017 comienza fuerte en la cartelera.










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